Tobías, un elogio de la vida familiar

Dios me ha enviado para curarte a ti y a tu nuera Sara. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están siempre presentes y tienen entrada en la Gloria del Señor. Se turbaron ambos y cayeron sobre sus rostros, llenos de terror. Pero él les dijo: “No tengáis miedo. La paz sea con vosotros. Bendecid a Dios por siempre... y confesad a Dios” (Tob 12, 14-17.20)

Un libro muy actual

Hace años, en mi primera lectura continua de toda la Biblia, me topé con un libro desconocido para mí hasta entonces, del que sólo tenía pocas referencias (la aparición, en él, del ángel Rafael, por ejemplo) y que me dejó absolutamente encantada. Se trata del libro de Tobías. Este libro es una novela sapiencial, escrita hace unos veintidós siglos, pero que resulta muy actual, por muchos motivos, sea cual sea el enfoque desde el que decidamos aproximarnos a ella. El hecho es que este libro, más allá de su valor literario y narrativo, presenta personajes que son modelos ejemplares para nosotros hoy: ¿Cómo ha de vivir su fe un creyente en un medio hostil? ¿Cómo afrontar la desgracia y las contrariedades de la vida desde Dios? ¿Qué espiritualidad y qué valores son fundamentales en la vida de un creyente? ¿Qué valores son irrenunciables en la vida familiar y hacen de la familia el lugar-hogar privilegiado para el crecimiento y la felicidad?
El libro de Tobías ilumina todas estas preguntas a través de la historia de dos familias emparentadas: la de Tobit y Ana, y la de Ragüel y Ebna. En un momento dado, Dios hará, por medio de su ángel, que sus vidas se crucen, que sus hijos únicos se casen y que allí donde la desdicha se había cebado en los personajes, la confianza, el amor y la sanación de Dios tengan la última palabra.

Dos familias ejemplares

Como hemos dicho, el libro de Tobías resulta tremendamente actual bajo muchos aspectos. En primer lugar, ofrece un modelo de familia ejemplar que viene bien para los tiempos que corren.  Conocemos las estadísticas: tres de cada cuatro matrimonios terminan en divorcio. Frecuentemente asistimos a episodios de violencia familiar. Conocemos situaciones de malos tratos de padres a hijos y viceversa. Sabemos que la autoridad paterna y materna está socavada, y que la falta de respeto, de cariño y de cuidado mutuo están al orden del día. Desde este prisma, la familia de Tobit es un ejemplo edificante que nos da luz para cuidar lo que más nos importa en la vida: las personas a las que amamos.
Fijémonos, por ejemplo, en el “testamento espiritual” de Tobit que aparece en el capítulo 4. En él queda reflejado cómo entiende Tobit la vida y las relaciones de familia, y cómo desea que su hijo viva desde sus mismos valores: “… Honra a tu madre y no le des un disgusto en todos los días de su vida; haz lo que le agrade y no le causes tristeza por ningún motivo. Acuérdate, hijo, de que ella pasó muchos trabajos por ti cuando te llevaba en su seno. Y cuando ella muera, sepúltala junto a mí, en el mismo sepulcro” (4,3-4). Me gustaría que muchos padres hablaran así a sus hijos. En estas palabras, Tobit expresa el amor a su mujer más allá de la muerte. Ni siquiera la muerte les podrá separar. Descansarán juntos en el mismo sepulcro familiar. A Tobías le pide que trate a su madre con respeto y movido por la gratitud, rasgos que no caracterizan precisamente  a los exigentes niños y jóvenes de hoy, que actúan como si todo les fuera debido.
El segundo consejo de Tobit a su hijo es que “se acuerde  del Señor” siempre. Es decir, que ore en todo momento y que sea una persona justa en todo. En estas recomendaciones de Tobit a su hijo adquiere especial relevancia la práctica de la limosna (1,3.16; 4,7.16; 9,6; 12,8-9). Se trata de compartir los bienes que Dios quiere que sean para todos: el pan para saciar el hambre y la ropa para evitar el frío (1,17; 4,16). Es indudable que el libro de Tobit interpela a los cristianos con la fuerza de su radicalidad, similar a la de la parábola de Mateo 25,35: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber;... estaba desnudo y me vestiste”.
Otro rasgo ejemplar de estos personajes es la oración constante, en toda circunstancia (4,19). La oración está continuamente presente en el libro. No se entiende la vida sin oración de bendición al Dios compasivo que nos cura y pone alegría en nuestra vida (8,5.15-17; 10,14; 11,14-15; 12,6.17.18.20; 13,1).
El amor maternal, desgarrado por la ausencia del hijo, es narrado de forma conmovedora en las escenas de la partida y del regreso de Tobías. La escena del regreso nos recuerda el entrañable encuentro entre el padre y el hijo pródigo de Lc 15,20. ¿Quién sabe si Jesús no tomó como ejemplo de ese padre misericordioso a Ana, la madre de Tobías?

El amor esponsal tiene su prototipo en Tobías y Sara. De Tobías se dice que “se enamoró de tal modo que se le apegó el corazón a ella” (6,19). Lo que pide Tobías, en la oración de la noche de bodas es “llegar juntos a su ancianidad” (8,7), y lo que Edna le recomienda a su yerno es que guarde a su hija y “no le cause tristeza todos los días de su vida” (10,13). O, dicho de otro modo, que él sea la causa de la alegría y felicidad de su hija.
Como vemos, Tobit es un libro interpelante para toda la familia: para los abuelos, que tienen en Débora, abuela de Tobit, a la “patrona” de su tarea educativa hacia los nietos (cf. 1,8); para los hijos, que pueden aprender de Tobías y Sara a ser para sus padres “bastón de su mano, que siempre va y viene con ellos” “luz de sus ojos” (5,18; 11,13); para los padres, que encuentran en Tobit y Ana un modelo de integridad, piedad, justicia y solidaridad; para los suegros, que tienen en Ecna y Ragüel un modelo de apoyo, cariño y amor paternal a nueras y yernos; para los esposos, que pueden, con el ejemplo de Tobías y Sara, sentirse animados a reavivar el amor primero, enamorarse de nuevo y renovar su promesa de fidelidad para siempre. Y cantar, quizá, con Alberto Cortéz, maravilloso poeta y cantautor contemporáneo: “Como el primer día, eres el velero, el timón y el viento de mi travesía… Como el primer día, te sigo queriendo”.

Para personalizar el libro de Tobías

1. Haz una lectura pausada y atenta del libro de Tobías, tomando nota de los personajes y de aquello que más te llame la atención en el libro: frases especialmente significativas, cosas que no entiendas, preguntas que te suscite...
2. Débora es un personaje secundario pero importante en la obra. Gracias a ella y a sus enseñanzas, su nieto Tobit crece siendo un hombre justo, íntegro y fiel a Dios. Débora es el prototipo de “abuela evangelizadora”. ¿Qué te dice a ti este personaje? ¿Cómo podemos realizar con nuestros hijos y nietos, de un modo creativo y eficaz, la tarea de transmitir la fe y los valores en los que creemos y que constituyen el pilar de nuestra vida?
3. Tobías da testimonio público de su fe a través de las obras, lo que le cuesta ser despojado de sus bienes y la persecución a muerte. ¿Cómo das testimonio de tu fe en Jesús?
4. Observa las oración de Tobit y de Sara en el capítulo 3: las dos comienzan con una alabanza o una bendición a Dios y siguen con unas súplicas. Por otra parte, la oración de Tobit no es individual, sino que integra en ella la historia de su pueblo. Es una oración “eclesial”. ¿Cómo es tu oración? ¿Cómo te diriges a Dios? ¿Oras en todo tiempo, en la necesidad y en la prosperidad, en la tristeza y en el gozo...? ¿Tu oración es individualista o llevas siempre en el corazón las necesidades de la Iglesia, de la sociedad y del mundo entero?
5. En el capítulo 4, Tobit le trasmite a su hijo, en forma de consejos, las profundas convicciones que han alimentado su vida. Escribe tu “testamento espiritual” para tus hijos o parientes cercanos. ¿Qué valores, deseos, credo... les transmitirías en él?
6. Dios envía a su ángel para ayudar-curar a Tobit y a Sara. Haz memoria de los “ángeles” que Dios te ha enviado a lo largo de la vida como compañeros sanadores y pregúntate a quién eres enviado tú para llevar la sanación de Dios.

Oración

Oh Dios, que eres Amor fecundo y Manantial de vida inagotable,
te doy gracias por el don inestimable de mi familia.
Gracias, Señor, por el amor con que uniste a mis padres
y por el amor con que me engendraron.

Gracias por sus cuidados y desvelos,
gracias por su paciencia y sacrificios,
gracias por la fecundidad de su unión,
gracias por su ejemplo y enseñanzas,
gracias por la fe que me han mostrado.
Hago memoria de su justicia y su bondad
y, con gozo, te canto agradecida.

Gracias por el compañero/a de mi vida,
gracias por ponerle como un sello sobre mi corazón,
gracias por la bendición y el milagro de mis hijos,
gracias por la fortaleza en la adversidad
y por la fidelidad en la tentación.

Ayúdame a cuidar el mejor tesoro que me has dado: mi familia.
Ayúdanos a orar juntos y a hacer de nuestra casa
la morada de nuestro Dios.
Ayúdanos a amarnos mutuamente como tú nos amas
y que el ejemplo de nuestra comunión resplandezca
como una antorcha para el mundo. Amén