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Domingo XVII del Tiempo Ordinario


               Lectura orante de Juan 6,1-15
«Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias,
y los repartió a los que estaban sentados» 

 Lecturas del Domingo, 29 de Julio del 2012: 2R 4,42-44; Sal 144; Ef 4,1-6; Jn 6,1-15         

Oración para disponer el corazón

- Oremos juntos/as, con el beato Santiago Alberione, al Maestro Divino:
Jesús, Maestro Divino, te adoramos como Palabra encarnada,
el enviado del Padre para enseñar a los hombres
la verdad que dan la vida.
Tú eres la verdad, la luz del mundo, el único Maestro;
sólo tú tienes palabras de vida eterna.
Te damos gracias por haber encendido en nosotros
la luz de la razón y de la fe 
y habernos llamado a la luz de la gloria.
Nos adherimos con toda nuestra mente
a ti y a la Iglesia;
creemos y aceptamos cuanto por su medio nos enseñas.
Muéstranos los tesoros de tu sabiduría,
danos a conocer al Padre,
haznos auténticos discípulos tuyos.
Aumenta nuestra fe
para que podamos llegar a contemplarte eternamente en el cielo.

- Confiamos nuestro camino espiritual a María, nuestra Madre y Maestra. Ella, que conservaba todas las cosas meditándolas en su corazón (Lc 2,19), nos enseñe la disposición interior de la escucha y la actitud de entrega en el servicio. Entramos, humildemente, en la escuela de María, para que ella pueda educarnos hasta que Jesús se forme en nuestro modo de pensar, en nuestro corazón y en nuestro obrar.

 
1. Leemos Juan 6,1-15 
     
En aquel tiempo, 1Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (de Tiberíades). 2Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. 
3 Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
4 Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. 5 Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dijo a Felipe:
- ¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?
6 (Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer).
7 Felipe le contestó:
- Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.
        8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
- 9 Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces, pero, ¿qué es esto para tantos?
10 Jesús dijo:
- Decid a la gente que se siente en el suelo.
        Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron: sólo los hombres eran unos cinco mil.
        11 Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
        12 Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos:
- Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.
        13 Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
        14 La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:
- Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.
        15 Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.


Orientaciones para la lectura 

El signo de la multiplicación de los panes que encontramos en este domingo XVII del tiempo ordinario parece ser la preparación e introducción del largo discurso eucarístico que iremos meditando en los siguientes domingos del año litúrgico. En compañía del evangelista Juan, acerquémonos a Jesús, el verdadero pan de la vida, dado a nosotros por el Padre, con la firme confianza de que quien viene a Él no tendrá más hambre y quien cree en Él no tendrá más sed.
        Juan comienza el capítulo sexto de su evangelio indicando que Jesús se fue a la otra ribera del mar de Galilea (Jn 6,1). En el capítulo precedente, vemos a Jesús en Jerusalén, donde ha curado al hombre que estaba paralítico desde hacía treinta y ocho años. Después de este signo de la curación se desarrolla la difícil disputa de Jesús con los judíos, en la que Jesús continúa revelando su propia identidad de Hijo enviado del Padre. También el signo de la multiplicación de los panes nos lleva a entrar cada vez más profundamente en el misterio de Jesús y en el misterio del hombre.
        Por una parte, vemos que a Jesús le seguía mucha gente, posiblemente a causa de los signos que hacía con los enfermos (v.2). Por otra parte, vemos al grupo de los discípulos (v.3), que estaban cerca de Él desde el principio de su vida pública (cf. Jn 1,38ss; Mc 3,13ss). A estos discípulos, Jesús les deja entrar en una relación más cercana con él y así les prepara para la continuación de la propia misión de llevar la salvación a todos los pueblos. Pero, como para la gente, así también para los discípulos, Jesús se presentaba como la persona importante que atraía su atención, motivo por el cual han querido dedicar el propio tiempo a seguirlo. En realidad sus motivos más profundos para buscar a Jesús requerían una purificación, como un poco más tarde declarará Jesús abiertamente: "En verdad, en verdad, os digo: Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido pan hasta saciaros" (v. 26).
        Jesús subió al monte y se sentó con sus discípulos. Esta situación nos recuerda la imagen del quinto capítulo de Mateo, donde Jesús Maestro, rodeado de sus discípulos y de la multitud, subió al monte para proclamar la nueva ley del Reino de Dios.
        Se ve que la indicación del tiempo en el que se desarrolla este signo tiene un cierto sentido teológico: estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos (v.4).
        Jesús alza los ojos y ve a mucha gente venir hacia él (v.5). Esta mirada de Jesús está llena de amor hacia cada persona que se acerca a Él. Marcos subraya que Jesús, viendo a mucha gente, sintió compasión y comenzó a enseñarles muchas cosas (Mc 6,34). En el evangelio de Marcos, Jesús alimenta a la gente primero con la Palabra de vida y después la sacia con el pan multiplicado. Sin embargo, en el Evangelio de Juan, Jesús enseñará a la gente después de un signo visible.
        Jesús plantea una pregunta a sus discípulos: "¿Con qué compraremos pan para para dar de comer a todos éstos?" Es interesante el hecho de que Jesús hace esta pregunta a Felipe, y no a Judas, que llevaba la bolsa (cf. Jn 12,6). A través de esta pregunta, Jesús inculca en los corazones de sus discípulos la preocupación de la gente, requerida por muchas necesidades, hambres y miserias. Los discípulos de Jesús no pueden permanecer indiferentes ante lo que le pasa a la gente. Siguiendo el ejemplo de su Maestro, deben abrir sus corazones a las necesidades de los hermanos y deben dejarse conmover y buscar los modos de responderles.
        Jesús, preguntando a Felipe, le pone a prueba (v.6). La experiencia de la prueba puede revelar todo lo que se encuentra dentro del hombre. Por esto, el Sirácida aconseja: "Si te echas un amigo, ponlo a prueba" (6,7). El hecho de someter a alguien a una prueba puede ser la expresión de la preocupación por el verdadero bien del hombre, pero también puede ser signo de su hipocresía y falsedad. Y es así siempre que el hombre prueba a Dios. El hombre jamás debería obrar así, porque, obrando así, está mostrando su falta de confianza en la sabiduría y en la justicia de Dios. El Señor es justo en todos sus caminos y santo en todas sus obras (Sal 145,17). Siempre y en todas sus obras, Dios es la plenitud de la verdad, del bien y de la belleza. Jesús desenmascara la falsedad existente en la actitud de los fariseos y de los herodianos: "¿Por qué me tentáis?" (Mc 12,15). La prueba por parte de Jesús revela que Felipe tiene todavía un modo muy humano de razonar y de buscar las soluciones a las dificultades: "Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le alcance un pedazo" (v.7).

        Durante el desenlace de la situación, en todo momento Jesús sabía lo que iba a hacer (v. 6b). Jesús, como Unigénito Hijo del Padre, nunca improvisaba su obrar, sino que siempre decía lo que había oído decir al Padre, y siempre obraba lo que le complacía al Padre. En cada momento de su vida, se revelaba en Jesús, infinita y penetrante hasta la profundidad, la sabiduría de Dios: "Jesús sabía lo que había dentro del hombre" (Jn 2,25).


        La propuesta por parte de Andrés hace ver que los discípulos, movidos por su Maestro, se preocupan y buscan soluciones, pero todavía a un nivel humano: "Pero, ¿qué es esto para tanta gente?" (v. 8-9). Los discípulos se dan cuenta de los límites de las posibilidades que poseen por si mismos. Ellos, con lo poco que tienen, no son capaces de alimentar a tanta gente. Pero Jesús toma aquel poco que los discípulos tienen, da gracias y lo da a la gente (v. 11). Distribuyendo los panes a cuantos quisieron, Jesús revela a Dios, que abre su mano y sacia de favores a todo viviente (Sal 145,16). La gente que seguía a Jesús comió pan hasta saciarse. En Jesús encontramos a un Dios que está cerca de nosotros, que nos cuida y conoce todas nuestras necesidades humanas. "No os preocupéis, diciendo: '¿Qué comeremos?, o ¿qué beberemos?, o ¿con qué nos vestiremos?'. Todas estas cosas las buscan los gentiles. Vuestro Padre del cielo sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas" (Mt 6,31 ss). Jesús nos invita a no preocuparnos demasiado por lo que comeremos o beberemos, porque debemos recordar que el Padre se preocupa de todo lo que necesitamos durante nuestra existencia humana. Dios está vuelto siempre hacia sus criaturas para alimentarlas en el tiempo oportuno. Basta venir a Él con una actitud de humilde fe y sacar aguas de su fuente de amor, de luz y de paz. "¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprar y comed, sin plata y sin pagar, vino y leche!" (Is 55,1).

     Y Dios sobrepasa nuestras posibilidades humanas y nuestras expectativas, y es capaz de saciar abundantemente nuestras necesidades dándonos en Jesús mucho más de lo que podemos pedir o imaginar (cf. Ef 3,20). Felipe se da cuenta de que doscientos denarios de pan no bastan para dar un trocito a cada uno. Y, sin embargo, Jesús no les da sólo un trozo, sino que ha sido capaz de darles pan hasta hartarse e incluso ha sobrado (v. 12). Por esto, Jesús manda a sus discípulos que recojan estos trozos para que nada se pierda. Dios es generoso y justo en el dar, reparte sus dones en la medida en que el hombre es capaz de acogerlos y servirse de ellos para el bien propio y de los otros. Pero, al mismo tiempo, Dios no quiere que sus dones se desperdicien: ... que nada se pierda. Jesús enseña a sus discípulos que tengan cuidado también de los trozos, no sólo del pan material, sino del pan de la verdad, de la bondad y de la belleza escondidos en cada persona y en cada situación.

        La gente, viendo el signo que Jesús había hecho, reconoce en Él al profeta que tenía que venir, y quiere hacerlo rey (v. 14-15). De este modo muestra que no ha comprendido el signo que ha hecho Jesús. A Jesús no le importaba fascinar a la gente con su persona, sino conducirla a reconocer el amor de Dios hacia su pueblo, un Dios que ha enviado al Hijo para que todos puedan tener plenitud de vida en Él. Los signos, por sí mismos, no pueden transformar al hombre si no encuentran su apertura de fe y la disponibilidad de acoger el mensaje y las llamadas que Dios esconde en ellos. Pero esto requiere salir del modo humano de ver y de juzgar todo lo que sucede (cf. Is 55,8). Porque la lógica divina sobrepasa nuestra lógica humana. Podemos seguir a Jesús hasta un cierto momento, pero si no acogemos su modo de pensar, no seremos capaces de seguir adelante, porque las exigencias de Jesús nos resultarán demasiado difíciles (cf. Jn 6,60.66). Y Jesús, conociendo el intento de la gente de hacerlo rey, se retiró nuevamente al monte. Porque Jesús, en todo lo que hacía, no buscaba su propia gloria, que es superficial, sino la gloria del Padre (cf. Jn 8,50) y el verdadero bien del hombre, para que todos y todas tengamos vida abundante.

 
2. Meditamos la Palabra

        En la parte de la meditatio, puedo mirarme a mí misma a la luz de esta Palabra de Dios. Esto debería ser el objetivo de mi continuo esfuerzo espiritual, para que la Palabra pueda influir realmente sobre mi vida. De no ser así, podría sucederme como a aquel terreno pedregoso en el que la Palabra calló y fue infecunda (Mt 13,20). Quizá escucho la Palabra y la acojo con alegría, pero cuando llego a las consecuencias prácticas, dejo de esforzarme para no reconocer mi verdad y trabajar sobre mí misma.

        Así pues, me pregunto qué quiere Dios hacer de mi vida a través de su Palabra (cf. Is 55,11). Mi atención se centra en la relación entre Jesús y sus discípulos. Veo que Jesús, cumpliendo su misión de proclamar la cercanía del Reino de Dios, al mismo tiempo no descuida la obra de la formación de sus discípulos. Él podría multiplicar los panes sin implicar en ello a sus discípulos. Pero los implica en el cumplimiento de su propia misión. Así resulta claro que Dios, en el cumplimiento de su designio, espera y, en cierto sentido, tiene necesidad, de mi disponibilidad a colaborar con Él. Con el poco tiempo que poseo, con mis límites y con mis miserias, puedo contribuir al cumplimiento de su obra de salvación. Por esto me siento invitada a la confianza más grande en el poder de su gracia, que se revela especialmente en mi debilidad (cf. 2 Co 12,9). Porque sin Jesús no puedo hacer nada (cf. Jn 15,5). Y esta colaboración no puede ser adaptar a Dios a mi modo de ver la realidad, a mis proyectos o a mis expectativas. Sólo el proyecto de Dios es justo. Por eso reconozco que tengo necesidad de una continua purificación para poder colaborar con Dios aún más eficazmente. Y Él me purifica a través de las pruebas, pequeñas y grandes, que encuentro en mi vida. Las pruebas constituyen una parte de mi camino formativo como discípula de Jesús. Descubro que estas pruebas pueden ser también ciertas personas y situaciones cotidianas difíciles para mí, que pueden aquilatar mi fe, mi esperanza o mi caridad. Dios me invita a aprender continuamente a acoger estas dificultades cotidianas como lugar en el que Él cumple la obra de mi santificación y también la de los otros. Es entonces cuando estas situaciones pueden llegar a ser posibilidades de enraizarme más en Jesús (cf. Col 2,7).

3. Oramos la Palabra
 
¡Que te alaben, Señor, tus criaturas,
que te bendigan tus fieles!
 
Los ojos de todos te miran esperando;
tú les das a su tiempo el alimento.
Tú abres la mano
y sacias de bienes a todo viviente (Sal 145, 10.15-17)


¡Oh abismo de riqueza, de sabiduría
y de ciencia el de Dios!
¡Cuán insondables son sus designios
e inescrutables sus caminos!
(…) Porque de Él, por Él y para Él
son todas las cosas.
¡A Él la gloria por los siglos! Amén (Rom 11,33.35)

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Oh Dios, Padre bueno,
te adoro y glorifico, porque en tu sabiduría llena de amor,
me das todo lo que necesito para vivir y crecer
a nivel humano y espiritual.
Incluso cuando algo me falta,
tú no dejas de cuidarme.
Te doy gracias por las personas que me rodean
y que siempre son Tu Don para mí.
Te doy gracias por los momentos alegres y dolorosos,
que, día tras días, conforman mi historia personal.
Te pido el don de la disponibilidad
hacia tu proyecto de amor, siguiendo el ejemplo de María,
la sierva del Señor,
que colaboró plenamente en la obra de tu Hijo.
Amén.

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Con la gentileza de  Úrszula Symanska, pddm (Polonia) 
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I Domingo de Adviento

Lectio Divina de Lucas 21,25-28.34-36
«Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación»

Lecturas: Jr 33,14-16; Sal 24; 1 Ts 3,12-4,2; Lc 21,25-28.34-36

       INVOCACIÓN AL ESPÍRITU

Soplo de vida
que llevas a cumplimiento
las promesas del Dios Amor,
ven e irrumpe en nuestras vidas
ahora que nos disponemos a esperar.
 
Ven y haz que nuestra espera sea ardiente.
Ven y sostennos hasta que vuelva
aquel a quien anhelamos.
Ven y apasiona nuestras vidas
mientras Él llega.
Ven y calienta nuestros corazones
con una caridad auténtica.
 
Ven, Espíritu,
ilumina nuestras mentes,
serena nuestras entrañas
para que te acojamos sin temor
y nos abramos a la Palabra de la Vida,
que quiere encender las ascuas
de nuestro espíritu
para que ardamos en la vivencia de la fe.  


Lectura del evangelio según san Lucas

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán.

     Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad.
        Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.
        Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. 
       Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneos en pie ante el Hijo del hombre.


1. Lectio

       El tercer evangelio propone la predicación del Reino de Dios al comienzo. Jesús, es sin duda, el centro de la Buena Nueva, es el anunciador del Reino. Esto está unido a los acontecimientos del fin de los tiempos, que es uno de los temas fundamentales para las primeras comunidades junto con el tema de la segunda venida del Señor Jesús en gloria.
        Para este evangelista los signos en el cielo anuncian claramente la venida del Hijo del Hombre. Lucas distingue y define con nitidez los sucesos del fin del mundo, los signos que lo preceden y especialmente, los temores de las gentes ante la desaparición del mundo y de la historia. Por ello Lucas invita a los cristianos de cualquier época a esperar esa venida para su liberación definitiva y la llegada del Reino; y esta espera conlleva que los cristianos vigilen y oren.
        Sin duda alguna, Lucas reacciona frente al antiguo judaísmo que busca describir con exactitud los signos futuros y, sobre todo, la fecha del fin de los tiempos. En cambio, después de esos signos quien llega es el Señor del Universo. Claramente para Lucas el Hijo del Hombre es Jesús, como podemos ver a lo largo de su evangelio.
        En la perícopa del evangelio de hoy aparecen sucesos catastróficos; pero cuando estos se den, no seguirá la desaparición definitiva en el proyecto de Lucas, sino que Cristo constituirá la desaparición plena del mal, del pecado que produce las catástrofes del mundo y de los hombres y nos ofrecerá el Reino de la salvación.
        Las expresiones “Levantaos” y “estad despiertos” son las actitudes que Lucas invita a asumir a los cristianos ante la llegada del Reino de la Vida, es decir, ante la verdadera y auténtica liberación que sólo trae Jesús.

2. Meditatio

EL CRISTIANO NO TIEMBLA, SE ALEGRA

Celebrábamos hace una semana la solemnidad de Cristo, Rey del universo y festejábamos que no existe fuerza alguna por encima de él. Si proclamamos que Cristo es el rey del universo es que todas las fuerzas le están sometidas y nada ni nadie tiene poder sobre él. Algo similar parece representar la escena del evangelio de hoy. Resulta que “habrá signos en el sol y la luna y las estrellas”, y en la tierra los hombres sentirán angustia por el enorme “estruendo del mar y el oleaje”, pero entonces aparecerá el Hijo del Hombre con gran poder y gloria. Esta imagen no dista mucho de cómo imaginamos a los reyes en nuestro mundo. Nos resulta difícil pensar en un rey sin poderío y majestad, sin dominio y cortes que le sirvan. Precisamente hablábamos de un reino que no es de este mundo, de un rey que ha venido para ser testigo de la verdad y ahora el evangelio nos sorprende con el Hijo del Hombre que viene en una nube. ¡Qué difícil es a veces entrar en la esencia y el misterio del verdadero Jesús! Pero el Espíritu nos ha enseñado ya muchas cosas, y así como su reino es de justicia y paz, de servicio y de verdad, esta semana el evangelio no pretende asustarnos sino recordarnos la grandeza de un Dios que viene a nosotros y que está por encima de todo aquello que nos asusta y nos hace tambalear. Y es que el cristiano no es el hombre que tiembla sino que se alegra por la venida del Dios entrañable y sale a su encuentro con enorme confianza. Nuestro Dios no es el Dios terrorífico que se entretiene moviendo los astros para indicarnos que ya llega y por eso es preciso asustarse y temerle.
 
            La humanidad ha vivido momentos muy trágicos, los pueblos de la tierra han sufrido verdaderos dramas, los hombres y mujeres de nuestro mundo siguen viviendo en su propia carne situaciones verdaderamente dolorosas que bien “merecerían” una aparición del Hijo del Hombre que hiciera justicia entre las gentes y acabara con tanta angustia humana. Pero no es éste su estilo ni su opción.

            Los signos en nuestro mundo son múltiples, estamos rodeados de ellos por todas partes si queremos encontrar a Dios en nuestra historia y en la de la humanidad. Si abrimos bien los ojos, descubriremos a Jesús que viene en los acontecimientos cotidianos –no en la nube de la prepotencia o de las grandes intervenciones. En todos los eventos viene el Señor a nosotros cada día, en cada situación, en cada encuentro... Como cristianos que creen en la Encarnación no podemos buscar a Dios en lo espectacular o en las grandes catástrofes, no podemos esperar circunstancias o signos especiales, no podemos pretender hallarlo sólo en el estruendo que angustia a nuestras gentes aunque también aquí esté.
            Es preciso que el Espíritu nos acompañe en nuestro paso por la historia para reconocer a Dios en lo habitual, lo pequeño y lo sencillo. Pero deberá asistirnos también en la lectura de los tiempos que vivimos para que no se nos escape su presencia liberadora allá donde quiere hacerse realmente presente el Reino de Dios.
 
            Hoy más que nunca es preciso estar atentos para que no se embote nuestra mente con los criterios de una vida facilona y cómoda que rehuye el servicio y la entrega y busca por encima de todo los propios intereses. Hoy los vicios del consumo y la apariencia pueden hacernos ciegos a los verdaderos valores y caer rendidos como esclavos de una sociedad preocupada exclusivamente por el dinero y el éxito.
           
Si no vigilamos nuestra vida, transcurrirá vacía, nuestros días pueden sucederse sin vivirlos enzarzados en un montón de preocupaciones sutiles que nos mantendrán atados sin darnos cuenta. Tales hilos sutilísimos se convertirán en un lazo si no vivimos en una permanente revisión y búsqueda de lo esencial.
           
Urge en nuestros días vivir con la cabeza bien levantada, erguidos, mirando al frente, observando la vida cara a cara, con los ojos bien abiertos, sin miedo, para que no nos arrastren corrientes que no deseamos, para que nuestra vida no se convierta en instrumento que otros muevan a su antojo, para que nuestras horas sean vividas en la libertad de los hijos e hijas de Dios que optan y eligen lo que quieren vivir para construir el Reino de Dios aquí y ahora.
 
            Los cristianos no podemos vivir arrastrándonos, sino como mujeres y hombres liberados que han experimentado que sólo la verdad y el caminar tras las huellas del Resucitado hacen realmente libres. Es muy fácil dejar que nuestra mente se embote, por eso es preciso clamar constantemente al Señor y pedirle fuerza para poder escapar de las continuas esclavitudes y engaños en los que podemos enzarzarnos. “El Espíritu está pronto pero la carne es débil” (Mc 14,38) y por ello sólo con la fuerza de la gracia y de su misericordia podremos mantenernos en pie ante nuestro Dios hoy y en aquel día; “nosotros no vivimos en tinieblas para que ese día no nos sorprenda como un ladrón, porque somos hijos de la luz e hijos del día, no lo somos de la noche” (cf. I Tes.5,4-5).
           
Los cristianos hemos de vivir despiertos y vigilantes para descubrir al Hijo del Hombre que viene continuamente a nuestros rincones y construye su Reino con los gestos, las palabras y los silencios de los hombres y mujeres de todos los tiempos, también de los nuestros. Pero no menos atención se nos pide para poder vislumbrar todo aquello que, como cizaña, crece entre nosotros y nos seduce sin apenas percibirlo.  
           
Los cristianos no somos esos seres catastróficos que en su boca siempre tienen profecías de desencanto para asustar a los hombres y mujeres de su tiempo; por el contrario, los cristianos somos los que han de levantar la bandera de la esperanza para que hondee en cualquier situación por oscura que parezca a primera vista, porque sabemos que todo un Dios viene a cada instante a nuestra propia historia, está con nosotros y lo estará para siempre porque somos de él y nada ni nadie podrá separarnos de su amor eterno, ni principados ni potestades, ni fuerza alguna, ya que un día nos compró con su propia sangre.
           
Los cristianos sabemos que nuestro Dios no es un ser vengador que desea sorprendernos para castigarnos. Por eso no somos seres miedosos, pues el Dios de Jesús es un “Dios de vivos y no de muertos”, porque, a pesar de nuestro pecado del que somos bien conscientes, siempre podemos “acercarnos con seguridad al trono de la gracia para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente” (cf. Hb 4,16) ya que “tenemos un sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades” (cfr Hb 4,15).
 
            Porque no tememos al Dios que viene y vendrá sino que lo esperamos amorosamente, nos comprometemos a levantar su Reino con nuestras pequeñas manos; y, porque lo anhelamos, sobre todo con los que más sufren su ausencia en este mundo, nos atrevemos a gritar, alzada nuestra cabeza: “Continúa viniendo Señor y concédenos una mirada que te reconozca”.  


3. Oratio

Oración personal:


Al comenzar un nuevo Adviento,
deseamos que se robustezca nuestra esperanza
para que no nos falten deseos 
del Señor de la Vida
que viene y vendrá.
 
Deseo que mis deseos sean apasionados,
deseo que mi espera no se enfríe,
deseo que mi caridad no decaiga,
deseo que mi oración no sea rutinaria.
Deseo que mi vida no sea de pasada,
deseo que mi corazón lata al compás 
de muchos otros,
deseo que mi fe no se sienta asegurada,
deseo que mi canto testimonie mi esperanza.
 
Sí, Señor que vienes,
haznos seres llenos de deseos,
hombres y mujeres de esperanza,
que aún esperan de la vida la sorpresa
que puede regalarnos cada jornada.
Mujeres y hombres liberados
por la fuerza sorprendente de tu mirada 
y tu Palabra.

Mujeres y hombres despiertos
porque se han encontrado contigo 
y no pueden vivir aletargados.
Mujeres y hombres valientes
que han disuelto sus miedos al calor 
de tu corazón.
Mujeres y hombres del Reino constructores
que no pueden vivir sus días
sin responder a los clamores de otros corazones.

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Autora: Pilar Casarrubios  ·   www.discipulasdm.es

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